1 de julio de 2017
Marcha federal en defensa de la educación Pública
La conflictividad social avanza y se recrudece dando forma a lo que es el año más complicado, en términos de gobernabilidad, de la gestión Cambiemos. Prometer cuidar a los docentes, iba a ser mucho más fácil que gobernar, parece. Más de 30 mil docentes y estudiantes de todo el país, tomaron las calles porteñas en defensa de la educación pública el pasado martes. En el Ministerio de Educación de la Nación ,en un multitudinario acto, extendieron sus reclamos.

 La fina niebla de una mañana de otoño ve a la ciudad de Rosario despertar. Entre los abarrotados autos del  tráfico de Oroño y Cochabamba, se abren paso docentes y estudiantes. La cita es a las nueve. Desde el calendario del Parque Independencia, partimos a encontrarnos con nuestros compañeros de todo el país en esta marcha federal. Todas las centrales sindicales que nuclean a los docentes del país, cientas de agrupaciones estudiantiles, investigadores, docentes y estudiantes no agrupados, tras un  año de conflictividad sin respuesta, tres meses con seis  negociaciones sin acuerdo y 22 días de paro en lucha, seguimos abranzándonos en un único grito: en defensa de la educación pública nos levantamos con todas nuestras fuerzas los orgullosamente caídos. Nos dirigimos hacia Buenos Aires, al Ministerio de Educación y a la plaza del poder político, reclamando una vez más ser escuchados.

 Subimos al bondi mientras un amigo me acompaña con un mensaje de apoyo y me pide que le mande fotos. El año pasado había viajado a la marcha, pero éste no se puede dar el lujo de que le descuenten el día de laburo. Fin de mes se asoma y el bolsillo aprieta fuerte, otra vez con una inflación muy por arriba de las predicciones del gobierno.

 Desde la ventana, veo cómo la ciudad se aleja mientras nos sumergimos en la ruta. Adentro, las butacas están pintadas por remeras militantes de diversos colores. Son estudiantes de Humanidades y Artes, de Arquitectura y de Derecho. Con apenas veintitantos, hicieron de la facultad la trinchera desde donde pelean. Las horas transcurren entre mates lavados, charlas y debates. Suena cumbia de fondo mientras, concentrada desde su asiento, una compañera resalta líneas de un texto en fotocopia.

 

 Me encuentro con Guadalupe. Ella trabaja y estudia Bellas Artes. Es hija de desaparecidos y no puede evitar emocionarse al contar su historia: lleva ocho años buscando a sus padres y todavía no los encuentra. Como si nos conociéramos de toda la vida, nos fundimos en un fuerte abrazo. Me cuenta que lleva la carrera como puede, ya que la mujer que la crió -a la que llama su madre- está enferma. PAMI le dejó de entregar  los medicamentos que necesita y tiene que juntar siete lucas todos los meses para poder ayudarla. Asevera que la mayoría somos pobres, si para cubrir una canasta familiar tenemos que juntar veinte mil pesos. “¿Quién de las personas que conoces junta más de veinte lucas todos los meses?”, me pregunta.  “Yo voy a todas las marchas porque creo que es ahí donde debo y debemos estar”, agrega, por los derechos arrebatados a mis padres y por  los de cada uno de nosotros: por la posibilidad de acceder a un trabajo digno y tener todos los días un plato de comida sobre la mesa. Para construir memoria colectiva como arma contra quienes osan volver en la historia el tiempo atrás, por el acceso de todo el pueblo a una educación gratuita, laica y de calidad. Espera que en el espanto nos podamos encontrar, sin sectarismos ni divisiones. Ante esta cruda realidad que nos interpela a todos, recuerda en forma de invitación: nadie nos regaló nada, los derechos que tenemos fueron conquistados por compañeros que salieron a luchar.

 

 Bajo el sol de la joven tarde, Congreso se va vistiendo poco a poco de banderas, bombos y platillos, mientras en  la fiesta de Don Gato y su pandilla, los globos inflados de expectativa comienzan a marchitarse. La infinita promesa de recuperación económica se agota ante un clima de espeso descontento, fundado en un despiadado plan de ajuste que azota a amplios sectores de la sociedad. Tendales de trabajadores en las calles, filas de pobres que se ensanchan, panzas que resuenan ante salarios de hambre y la bronca ante un machismo que se alimenta de la complicidad del Estado, se transforman en demandas que irrumpen en el espacio público, exigiendo ser oídas. Docentes, trabajadores y mujeres paran el país el 6,7 y 8 de marzo. Con el transcurrir de los meses, la conflictividad social avanza y marca agenda al gobierno: la media sanción al proyecto de ley que frena el beneficio del 2×1 otorgado por  la Corte Suprema a los genocidas es victoria del pueblo, y refuerza el convencimiento de que serán las calles los fuertes desde donde tendremos que dar pelea, hasta conquistar nuestras reivindicaciones. Pero no será fácil, y lo sabemos. Ha pasado un año desde aquella primera marcha en donde miles de docentes, investigadores y estudiantes tomamos las calles porteñas en defensa de la educación pública. Un 20% de aumento en tres cuotas no es una salida posible en este contexto; es una orquestada política de disciplinamiento que intenta “entregar los estudios universitarios a la actividad privada e introducir, en lo que quede de la Universidad pública, las lógicas de mercado”, asegura el secretario general de Conadu, Carlos de Feo.

 

 A las cinco de la tarde avanzan las columnas, por avenida Callao, hasta el Palacio Sarmiento. El desafío es generar un acontecimiento que permita interpelar a la clase política para vislumbrar una posible respuesta. El primer cuatrimestre casi llega a su fin y las negociaciones no avanzan, recuerda José, docente e investigador del desguazado CONICET. Entre los presentes se rumorea que somos más de treinta mil los movilizados esta tarde, mientras el cántico de un grupo de profesores advierte: “hay un gorila suelto en la Rosada, nos quiere mandar a todos a la privada”.

 Al igual que sus compañeros, Marta sabe que este gobierno viene por todo, por eso salió de la escuela y se vino para la marcha. “Estar acá es nuestro deber como ciudadanos”, me dice. Ella es investigadora y docente. Realiza trabajos de alfabetización y se dedica a llevar la poesía a todos aquellos rincones que el mercado decide, deliberadamente, abandonar. Fiel a su labor, realizó en plena marcha una suelta de libros que contienen sus investigaciones. Tuve la suerte de recibir el último.

 

 La noche cae lentamente sobre esta multitud que desborda las calles linderas al Ministerio de Educación de la Nación. Desde el escenario, representantes de las principales centrales sindicales que nuclean a los docentes de todo el país, despliegan discursos en donde se hallan contenidos cada uno de nuestros reclamos: aumento de un 35%, plena implementación del Convenio Colectivo de Trabajo, regularización de los docentes contratados y ad honorem, continuación de los programas de capacitación docente gratuita y mayor presupuesto para la Universidad, la ciencia y la tecnología.

 Algunos cantan. Ya exhaustos, sostienen firmemente sus banderas, al tiempo que otros nos abrazamos con los hermanos que nos hicimos en nuestro recorrido por la Universidad. Estamos cansados, pero no por eso debilitados. Nuestra presencia exalta nuestro compromiso. Desde el micrófono, Luis Tiscornia, Secretario General de Conadu Histórica, recuerda: “Mientras exista una injusticia va a haber lucha, va a haber reclamo, y acá hay una injusticia sobre nuestros salarios, sobre la educación y sobre la universidad pública”. Estallan los aplausos.

 Finalizado el acto, un grupo comienza a emprender el viaje de regreso a sus casas, mientras otros marchamos hacia Plaza de Mayo junto a la Federación Universitaria Argentina.

 Ya en el colectivo de regreso, nos reencontramos con nuestros compañeros que apresuradamente comienzan a relatar, uno por uno, su experiencia. Desde la ventana, veo cómo un camión hidrante nos acompaña desde la 9 de julio. Es la última respuesta de un gobierno que ha desconocido que saber administrar los conflictos es parte de la tarea de gobernar, y que es esta capacidad la que influye en las percepciones y apoyos de los votantes. Es la represión de la protesta.  Cambiemos sitúa al conflicto fuera de las arenas de la  política, como una distorsión de la misma, al tiempo que invoca un idílico consenso social y no explica cómo este garantizaría la tan preciada “gobernabilidad”. Se apoya en legisladores y gobernaciones cómplices, mientras el descontento popular toma las calles “con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”.

 Así, hoy miles de docentes y estudiantes recordamos al gobierno de Mauricio Macri que prometer “cuidar a los docentes” en campaña, iba a ser mucho más fácil que gobernar.

 

Crónica: Sol Buiatti

Fotografía: Mariano Ferrari

 



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