COBERTURAS
19 de marzo de 2026
Eruca Sativa y Living Colour: un mismo pulso político
Dos generaciones, un mismo pulso: Eruca Sativa y Living Colour recordaron en Rosario que el rock también es una forma de mirar el mundo.
Supongamos que la programación de una noche de festival podría leerse como una especie de diálogo. Conversaciones entre sonidos, épocas y maneras de entender el rock. Si ese fuera el caso, la noche de Lunario en Rosario, dejó una conversación bastante clara: Eruca Sativa y Living Colour comparten una misma expresión política.Â
A simple vista, las diferencias generacionales podrían sugerir otra cosa. Por un lado, una banda Argentina consolidada en los últimos quince años. Por el otro, un grupo fundamental del rock estadounidense surgido en los años ochenta. Sin embargo, apenas empieza a sonar la música, el vínculo aparece de inmediato: potencia, groove, guitarras afiladas y, sobre todo, una forma de entender el rock como un espacio de entendimiento político y social.
En ese sentido, la elección parece natural. Living Colour fue una banda pionera en introducir discursos críticos dentro del hard rock, abordando temas como el racismo, la manipulación política o la identidad cultural. Décadas después, Eruca Sativa continúa esa tradición desde otro territorio: canciones que miran hacia adentro, pero que también señalan lo que ocurre afuera.
Eruca Sativa: preguntas para entender el presente
El trío compuesto por Lula Bertoldi, Brenda Martin y Gabriel Pedernera se encargó de encender el escenario con un repertorio que osciló entre la introspección y la crítica social, apoyado en varias canciones de su último disco “A tres días de la Tierra”.
Se suele decir que los discos también tienen su propio clima. Algunos nacen de la nostalgia, otros de la celebración. A tres días de la Tierra surge desde un lugar más complejo: un territorio donde conviven la indignación frente a lo que ocurre en el mundo y la necesidad de abrazar aquello que todavía nos mantiene humanos. Un disco que resiste, pero que también busca reparar.
El comienzo fue con “Eso no es amor” dejando planteada una pregunta incómoda pero necesaria: “Si fuera amor no nos haría tan mal”. Una frase simple que, como muchas de sus letras, funciona en varios niveles. Puede hablar de vínculos personales, pero también de aquellas estructuras que seguimos sosteniendo incluso cuando sabemos que nos dañan.
El viaje continuó con “Luz Verde”, una especie de impulso hacia adelante. Reconectarse, volver a empezar, avanzar. Algo así como el motor emocional de la noche.
En “No pises las flores”, la banda abrió una dimensión más sensible. La metáfora es clara: la naturaleza como algo frágil, vulnerable frente a la forma en que habitamos el mundo.
Pero el momento más frontal llegó con “Contra Nosotrxs”. La letra habla de discursos que desvían la atención, de realidades manipuladas, de focos corridos. No es una locura —como dice el tema— sino una descripción bastante precisa de la época.
Entre raíces folclóricas y sensibilidad contemporánea apareció “Chacarera del primer día”, donde los niños que sueñan con ser grandes parecen preguntarnos qué mundo estamos construyendo para ellos.
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Antes de retirarse del escenario, Lula Bertoldi admitió que para ellos es un honor abrir la noche para Living Colour. Ya que, durante sus comienzos en esas horas interminables de ensayo— la banda tocaba canciones del grupo neoyorquino. En cierta forma, esta noche también era un círculo que se cerraba.
Living Colour: la potencia de una vieja escuela
Cuando llegó el turno de Living Colour, la sensación fue la de presenciar a una banda que entiende el escenario como un territorio de libertad musical.
Más que interpretar canciones, lo que hacen es dejar que la música salga de sus cuerpos con potencia y total naturalidad. Hay algo en su particular forma de tocar: lo complejo y lo virtuoso, aparece sin esfuerzo visible. Simplemente ocurre. Como si esa fuera la forma más natural posible de expresarse.
El guitarrista Vernon Reid construye texturas sonoras que se mueven entre el funk, el metal y la experimentación, mientras el groove del bajista Doug Wimbish y la precisión rítmica del baterista Will Calhoun sostienen una base eléctrica, flexible y contundente.
Al frente, Corey Glover maneja el clima del show con una inteligencia escénica notable. Sus interpretaciones pueden subir y bajar de intensidad en cuestión de segundos. Observa a sus compañeros, disfruta sus solos y los celebra. Incluso sabe correrse del centro del escenario para dejar que cada músico tenga su momento especial.Â
Esa generosidad escénica termina demostrando que el todo en su conjunto siempre será más fuerte que las partes.
La banda también nos regaló algunos momentos especiales durante la última noche de su gira “The best of 40 years tour”. Interpretaciones de Hallelujah, Should I Stay or Should I Go y You Don’t Love Me aparecieron como guiños inesperados dentro del show, demostrando una vez más la amplitud musical del grupo.
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Uno de los grandes estandartes de la noche fue recordar que el rock también es una manera de mirar el mundo. Una forma de decir lo que incomoda, de señalar lo que duele y de resistir cuando lo que hay alrededor parece empujar hacia el desgaste.
En tiempos raros, a veces burdos y cada vez más oscuros, donde el bombardeo constante de noticias desgasta el tejido social, la música vuelve a ocupar un lugar necesario.
Entre la música, groove y la distorsión todavía hay artistas dispuestxs a no callarse.
Fotografia: Lucila CatenaÂ
Escribe: Facundo VilasÂ
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