Entre los desamparados

Sombras, tiros, gases, llantos y unos espíritus que se hicieron presentes en el ritual de los días.

Fotografía  Juan Manuel Caballero

Texto    Tomás Faranna

             Aborto legal, seguro y gratuito.  Anulación de la condena a Belén, presa por abortar. Desmantelamiento de las redes de trata. El Estado es responsable. Esas consignas se paseaban por las calles de Rosario ese Domingo nueve de Octubre del año dos mil dieciséis. Entre el grito desgarrador de las miles de mujeres y los gases lacrimógenos de la policía llegábamos al viejo galpón 11, hoy llamado galpón de la música.

                Con la adrenalina y el vértigo como única vibración tratábamos de dilucidar cómo podíamos concentrarnos en el recital que era inminente, si es que no llegábamos tarde, claro. Sumergido en esa marea de pensamientos, colores, sabores, una frase quebró el ambiente: “El hombre vio un cementerio donde el perro vio una mina de huesos”. Ahora sí, el pincel lo tenían Los Espirítus y esa era su primer pincelada.

                La banda oriunda de La Paternal no prefiere cantar la posta, se siente más cómoda derribando postas, certezas, desnaturalizando un poco cada calle, cada vida, cada barrio, cada secuencia. Esas letras de historias perdidas, de noches eternas, de días asfixiantes. Incluso en planteándole un mano a mano al sentido común. “Fijate la vida, es tal como la ves”.  ¿Es tal como la ves?

                Que para mí son los Doors argentinos, que yo había pensado que este tema lo cantaba el Pity Álvarez, que en algo se parecen a El Mató, que yo cambiaría la voz de la banda. Algo así es el collage de opiniones alrededor de esta banda espiritual. Se podría decir que nace del rock blusero para ahondar en planos psicodélicos por momentos, western por otro lado y esos ritmos latinos que increíblemente aparecen. Con una formación de tres guitarras, bajo, batería y percusión, Los Espíritus tranquilamente podrían aparecer en una banda sonora de Tarantino en alguna escena previa a que haya sangre por todos lados.

                Merodeando entre riff grooveros, los seis muchachos con sus instrumentos nos invadieron de esos paisajes urbanos desiertos, esa oscura soledad que pregonan sumida en la miseria de la realidad. También hay otra realidad, esa realidad chamánica que florece en el disco Gratitud cuando convierten al blues en psicodelia. Pero esta es una psicodelia urbana, de bondis con subtes, de calles rotas y containers, de caras arrugadas mendigando un poco de vida.

                Ya al quinto tema que tocaron, se los veía preguntando a la gente qué canción querían que hagan. Les daba igual donde toquen, si en Rosario, La Paternal, Córdoba o Lima. Las historias que iban a contar iban a ser las mismas, las miradas iban a ser las mismas.

                Dos bises, y claro, ya se merodeaba en la cabeza cómo volver a ese Río Paraná cabizbajo en esa noche de Domingo feriado cuando de repente se escuchan esos tambores que predicen esa suplica: “Remen ya, vamos a la Luna”. Todo se volvió  colores, los cantos de las miles de mujeres, los tiros de la policía. Entre tanta emergencia se visualizó una salida. Entre todas esas paredes pintadas nos vimos a nosotros. Negro chico no lloró por puto, lloró por esas putas latas que tiraban esos que desamparan. Remen ya.

 

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