Antes del feminismo blanco está el feminismo negro

Por primera vez en 31 años, el Encuentro Nacional de Mujeres tuvo un taller de Mujeres Afrodescendientes. El movimiento feminista de un sector de la sociedad históricamente invisibilizado, abre el debate hacia otro plano: los distintos tipos de feminismos y los privilegios de la mujer blanca.

Nunca voy a poder escribir el dolor de una mujer negra. Nunca voy a poder explicar lo que siente una mujer afroargentina. Sobre mí, puedo decir que sufrí asedio de patrones, que la primera vez que sentí miedo a ser violada fue cuando tenía 13 años, que mi mente de niña asoció la sonrisa del acosador a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas, que el sonido del motor de una moto me hizo congelar el estómago por años, que tiempo después escuché un hombre 15 años más grande decir que me iba a mandar prender fuego, que ya sentí el puño de un hombre en mi rostro, que ya sentí manos indeseadas tocar mis genitales mientras decía - o gritaba - no, que entendí lo que es un orgasmo ocho años después de empezar mi vida sexual. Por esas y otras, cuando conocí el feminismo, empecé a respirar mejor.

Pero nunca voy a tener idea de lo que se siente no poder usar tacos en la calle y que por el color de mi piel, me pregunten cuanto cobro. Eso se llama privilegio. Privilegio es poder estudiar y militar el feminismo mientras una mujer negra cuida a hijos blancos. Privilegio es el hecho de que salir a trabajar fue, para nosotras, redención, mientras mujeres negras no tienen la opción de estar con los suyos porque tienen dobles, triples jornadas de trabajo. Privilegio es que la gente no toque mi pelo constantemente sin invitación. Es que una niña blanca no es enseñada que su pelo no puede ser como es mientras mira la tele. Es innumerable la lista de privilegios que nosotras, mujeres blancas, tenemos sobre las mujeres negras en el mundo racista, patriarcal, capitalista. Por eso, el feminismo negro y el feminismo de las mujeres descendientes de pueblos originarios vienen primero. Y así como lo que un hombre puede hacer por los feminismos es ofrecer sus oídos, sus manos, su palabra, sus privilegios para aliarse a nuestra lucha, todo lo que yo quiero es ser una aliada de las mujeres que más opresiones sufren.

Por eso busqué la Agrupación Xangô, de Buenos Aires, ofreciendo todo lo que puedo para cuando vinieran al 31° Encuentro Nacional de Mujeres, en Rosario. Mucha gente no sabe, pero se trató de un momento histórico por otra razón además de las más de setenta mil mujeres en la calle gritando para que dejemos de ser violadas y asesinadas, gritando con las voces y en las paredes por nuestros derechos, por respeto. Se trató del primer Encuentro, en treinta años, que asumió la existencia de las mujeres afro en Argentina con la apertura del Taller de Mujeres Afrodescendientes. Demasiado tiempo ignorando e invisibilizando una comunidad, así como hacen los libros de historia, los gobiernos, los medios, como lo hace toda la sociedad. Hacen sólo cinco años que el censo argentino incluye la pregunta sobre color, y en este finde escuché relatos de mujeres que esperaron sentadas todo el día por el censo que nunca llegó. No puedo  imaginar como se siente eso. No existir para el Estado, para las personas. Un grupo social que vive una realidad específica, marcado por el racismo institucional, el del imaginario colectivo, el de las personas. De eso se puede concluir que los afroargentinos son muchos más de los 150 mil contados.

Para el encuentro recibí en mi casa mujeres adultas, mujeres adolescentes y un niño, uno de los mayores momentos de aprendizaje de mi vida. Mi admiración por ellas me tomaba el cuerpo y creo haber podido hacer lo que me parece que es el primer paso para un mundo más justo: escuchar. Las acompañé, fui a su taller, y no me deja de impresionar que a pesar de todo, tenían mucho amor para dar a las mujeres blancas que todavía aprovechan de tantos privilegios sobre ellas (qué lindo ver hombres que sienten la misma gratitud por las mujeres que pacientemente les explican sus experiencias en el patriarcado). Al día siguiente, tuve la oportunidad de hacer una de las cosas más feministas que ya hice: me quedé en casa con les hijes de estas mujeres, para que ellas se pudieran dedicar totalmente a la militancia. También caminamos por las calles de Rosario y no hubo una cuadra en que alguien no las pare para preguntarles de dónde eran. Mientras las trataban como extranjeras por su color de piel, muchos suponiendo que eran brasileras, yo en verdad era la extranjera. Yo, la única blanca, era la brasilera. Ser constantemente tratada como extranjera en su propio país, cómo se sentirá eso? Que irónico, considerando que sus ancestros pisaron estas tierras mucho antes que italianos, ingleses, etc. El país está minado por ironías que no tienen ninguna gracia: comparsas de candombe hechas por blancos tocando en barrios ricos para que blancos bailen mientras nadie se parece preguntar dónde están los afrodescendientes. Todo un país usando la palabra quilombo como lio, como desorganización, mientras los quilombos son comunidades de resistencia absolutamente organizadas fundadas por esclavizados que se lograron salvar y salvaron miles de vidas. Quilombos que hasta hoy son puntos de resistencia de la vida y cultura negra. Entiendo que el uso de esa palabra, que el disfrute del candombe y del tango sin la reflexión sobre la realidad de esa cultura, que preguntar de dónde alguien es no viene de malas intenciones, pero son todos reflejos de la invisibilización que tiene que parar ya. Tampoco puedo explicar la concentración de energía que había en el primer Taller de Mujeres Afrodescendientes del Encuentro. Seguramente no sentí ni una parte de lo que hubiera sentido si viviera la realidad de ser negra, pero desde mi lugar de quien iba a aprender pude sentir un poco la intensidad de vivir la primera vez en que mujeres afrodescendientes de todo el país y de otros estuvieron unidas en el marco del evento de mujeres más importante del país, tal vez de Latinoamérica, no sé si no del mundo, para cambiar experiencias y organizar estrategias de lucha en contra las opresiones que las atacan todos los días.

Lunes, antes de que se volvieran a Buenos Aires, algunas de las mujeres hicieron un rito de agradecimiento a uno de los anfitriones que recibieron integrantes de la agrupación Matambas. Un agradecimiento a un hombre blanco en el cual yo me sentía contemplada mientras veía en los ojos de las mujeres que recibí un afecto que me emocionaba de pies a cabeza. Nos dimos las manos en un círculo mientras sonaban los tambores del candombe llamando la presencia de la tradición y el espíritu de sus ancestros. Yo sentía el viento acariciar mi rostro y no podía creer la suerte que tenía de poder estar entre esas luchadoras. De poder sentir desde mi lugar de aliada la importancia, la fuerza de ese momento histórico (después fui corregida por una de las chicas, que dijo que nadie estaba ahí por casualidad, todas lo habíamos buscado). Cada mujer recibida por el hombre del centro cultural caminó al centro del círculo, expresó su gratitud y le ofreció un regalo.

Mucho de lo que aprendí en ese finde todavía no se moldeó a la lógica del lenguaje, sin embargo sigue generando eco en mí. Y estoy segura de que seguirá generando siempre, ayudándome a estar alerta de los privilegios y las opresiones que no dejarán nuestros cuerpos y nuestra subjetividad mientras vivamos en una sociedad racista, patriarcal, capitalista. Todo lo que espero mientras comparto este relato es que busquemos todos terminar con la invisibilización que sufren las afroargentinas y los afroargentinos, y eso va mucho más allá de disfrutar del candombe y del tango, pero el primer paso requiere poco: que nunca más se repita que no existen o que son muy pocos, mientras sabemos que son muchos más de lo que la historia contada por los blancos dice haber. Buscar saber, compartir. Y que también busquemos siempre no sólo las opresiones evidentes sino también las que se esconden bajo nuestras uñas.

Gracias a esas mujeres y sus compañeros de lucha, no le va a quedar otra a la Argentina blanca que dejar de contar una historia mentirosa. Porque su lucha por memoria, verdad y visibilización supera la empatía selectiva, porque sus bocas, sus manos, sus historias, su  cultura, su espiritualidad, sus vidas sobreviven a siglos de persecución y silenciamiento. No les va a quedar otra, porque ellas están cada vez más juntas, porque ellas son cada vez más fuertes, no les va a quedar otra.

 

Texto: Paola Santi Kremer

Foto: Página 12

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