La aplanadora del rock and roll hizo honor al nombre que se ganó con los años y con un tsunami de rock se llevó puesto a su público rosarino que calmó su sed de rock.

Nunca viene mal una ola de rock que te inunde entero, que te haga saltar, agitar tus brazos, que explote en tus oídos. Y si los encargados de mover las aguas para generar la ola son Mollo, Arnedo y Catriel Ciavarella, la inundación es imparable.

En lo personal hacía bastante que no recibía una dosis como ésta, dando vueltas entre otros ritmos y sonidos, y esta fue la oportunidad justa para saltar antes que bailar.

El show dio su inicio con la imagen de Mollo en las pantallas entonando las estrofas de nuestro himno nacional argentino vestido con un delantal, en lo que yo entendí como un homenaje, no sólo a los símbolos patrios, sino también a la escuela pública y a los docentes. Seguido de esto apareció primero Catriel para arrancar a golpear esa batería, para que luego Arnedo se sume al escenario con su bajo y Mollo aparezca en el final completando una zapada.

No está de más destacar lo increíble de la iluminación, el escenario y la calidad de imagen en las pantallas. Si bien Ricardo reconoció que tienen ganas de tocar bajo las estrellas en el Anfiteatro, que ya se convirtió en su lugar en Rosario, también explico que no se aguantaban la manija de venir a la ciudad del río y que eso los trajo al Metropolitano.

Fueron pasado tremendos temazos de todas las etapas de Divididos, asi como algunos de Sumo (Banderitas y globos, Crua chan) y la ya clásica version de Light My Fire, cuando llego el momento de la chacarera eléctrica y así fue que la acústica paso a manos de Arnedo y Mollo se quedó sentando cantando tranqui. Sonaron Ortega y Gases, Huelga de Amores, y en medio de todo eso no faltó el hit del verano de parte del público. Los cabezones que nos acercamos nos sumamos al canto, aunque nos gusta cambiarle una P por una Y.

El final fue pura fuerza para que la gente rebote. Después de Amapola del 66 llegaron temas como Cielito lindo, Elefantes en Europa y Sucio y desprolijo. Antes de irse le ofrecieron a la gente elegir entre dos temones de Sumo como lo son El ojo blindado y Next week, aunque para el gusto de la gente terminaron tocando los dos.

El 38 y Ala Delta fueron el cierre dejando para el final una despedida muy similar a la entrada: zapada para que primero se retire Mollo y luego Arnedo, dejando solo así a Catriel tirando un tremendo solo de batería. Para que un solo de bateria no se te haga denso, el baterista tiene que romperla, y eso fue lo que sucedió.

Pasan los años (este año se cumplen 30), y Divididos sigue teniendo esa fuerza de la juventud arriba del escenario. Un show que vuela la cabeza pero no sorprende, viniendo de parte de estos tres monstruos de nuestra música, que forman una de las mejores bandas de rock del país. En lo personal, hace años que espero un nuevo material de Divididos, pero eso no me quita el placer de hacer burbujear mi sangre con música de tanto calibre.

 

Texto: Gonzalo Luján

Foto: Renzo Leonard

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