Miércoles 11 de Marzo de 2026

COBERTURAS

10 de marzo de 2026

Noches Del Lunario: Massacre & Catupecu

En el marco del festival, las bandas hermanadas por el "under" hasta finales de los 90 hicieron despegar las zapatillas del suelo con una avalancha de clásicos.

Por Juan Pablo Funes - PH: Gabriel Lovera

El auditorio fue llenándose de a poco. El rumor de que la audiencia rosarina se dividiría porque esa misma noche tocaban Marilina Bertoldi y El Mató a un Policía Motorizado hacía suponer que restaría público. No solo esto no sucedió, sino que la convocatoria se sintió más de nicho: un gran acierto de este festival.

La noche arrancó con Massacre presentándose con su nombre completo, “Massacre Palestina”. Si bien lo habían dejado de lado en 1992 (luego del atentado a la Embajada de Israel), actualmente lo utilizan cuando rememoran viejos tiempos y buscan un show más enérgico. Y este lo fue, desplegando un setlist que incluyó: “Te leo al revés”, “Te arrepiento”, “3 paredes” (cantado a capela), “Soy nada”, “Ella va”, “La octava maravilla”, “La cita”, “Mi mami no lo hará”, “Seguro es por mi culpa”, “Tanto amor”, “La reina de Marte”, “Diferentes maneras” y “La máquina del tiempo”.

Podría decirse que las bandas no deberían estar hechas para durar tanto; tener una perspectiva de vida tan extensa podría atentar contra la originalidad del grupo. Pero Massacre, con 40 años de trayectoria sobre sus hombros, demuestra que el espíritu perdura. Con una formación casi inexpugnable de sus miembros —Wallas (voz), Mondello (guitarra) y Carnota desde sus inicios, junto a Facio (bajo) y Piskorz (guitarra y sintes) incorporados luego— conforman una banda que no tiene equivalentes en la escena del rock argentino.

Si bien el grupo denomina su forma musical como skate punk, va mucho más allá de esa frontera, atravesándola con una estética, letras y melodías que no se enfrascan ni tienen una fórmula fija. Lo que sí poseen es un sonido propio y una personalidad inmediatamente distinguible, donde todos los temas tienen una especificidad que emerge como olas desde los riffs de la guitarra de Mondello y que Wallas surfea con su voz.

Ver a esta banda en vivo echa por tierra la pregunta "¿Qué es Massacre?": es el ritual de sus muñecos vudú en escena, la impostura de su frontman y las reliquias que merodean dispersas por el escenario (cascos, maniquíes desmembrados, cabezas de muñecos, chirimbolos). El infaltable altavoz y decenas de temas que un público fiel aún acompaña después de tantos años. La vieja guardia, la vieja escuela y la buena educación pueden verse cuando, en la antesala del pogo, canosos y calvos contentos se entremezclan con otras generaciones en la ronda.

La ronda gira y veo cómo, desde la masa humana, emerge un brazo con la mano extendida para tomar la de un amigo que está en un costado y arrastrarlo hacia la corriente danzante. Dar la mano a un amigo para ir al pogo completa el sentido que esta banda transmite entre el escenario y su público.

El interludio de media hora fue musicalizado con un pack de hits de la época de esplendor del género (entre mediados de los 90 y 2000), que hizo cabecear a los presentes mientras el staff corría preparando el escenario de Catupecu. A las claras, por el movimiento de los equipos, se suponía un sonido demoledor.

Con el riff de “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” traccionando duro, el público coreó la canción levitando, dejándose llevar por la potencia rítmica. Una vez más, quedó claro que la música de Catupecu Machu posee una energía arrolladora.

Muchas de las características antes descritas sobre Massacre son compartidas por la banda liderada por Fernando Ruiz Díaz. Aunque Catupecu aparece en escena casi una década después, la diversidad del under y lo alternativo por aquella época hacía parir una constelación de heterogeneidad disruptiva. Fernando recuerda el ambiente de aquel entonces y le cuenta al público que en los 90, en Rosario, tocaban en el “Galpón Okupa” (hoy La Casa del Tango), en plazas y diferentes lugares que el ambiente habilitaba —generalmente de forma clandestina— para realizar los recitales. Escenarios inimaginables en el Rosario de hoy.

Sin embargo, Catupecu logra un salto masivo a partir del año 2000 al lanzar su disco Cuentos decapitados, que los ubicó entre las bandas principales del rock nacional. Quizás Catupecu no mantiene la crudeza de aquel tiempo, pero sí la potencia y la singularidad compositiva que hace que sus canciones sean inolvidables. Temas como “Perfectos cromosomas”, “Grandes esperanzas” y “Entero o a pedazos” (que el público prolonga cantando al unísono: “Cosas sin nombre a kilómetros de hoy” como un mantra) son la muestra de ello. También están los covers que ya forman parte de su ADN, como “Héroes anónimos” y “Plan B” de Massacre. Justamente para este tema invitaron a sus autores para interpretarlo, completando el homenaje a una generación. Aunque pocas veces puede verse en un mismo escenario a estos íconos, demostraron de qué madera están hechos.

Luego de tanto voltaje se produjo, quizás involuntariamente, una caída en la intensidad cuando Fernando dedicó a sus hermanos fallecidos “Hoy te vi en los sueños”. Fue una versión extendida que incorporó parte de “Mañanas del Abasto” de Sumo, pero se sintió con una emocionalidad forzada; una carga que se hizo escuchar y que agotó un poco al público. También cansaba la insistencia del cantante en nombrar a “Rosario” una y otra vez e insistir en que era una noche maravillosa. Es entendible que el showman busque mantener la moral alta, pero el convencimiento debe partir de la energía que comulga entre el escenario y el campo.

Sin embargo, el rezar tanto “Rosario” logró su efecto cuando Fernando anunció los tres temas de cierre: “Magia Veneno”, “Dale!” y “A veces vuelvo”. Este combo podría levantar hasta a los muertos de sus tumbas, pero un solo sonido bastó para encender el aura del público: un simple chiflido que todos sabemos qué significa: ¡Dale! No hubo forma de escapar a esa energía.

El cierre del recital fue emotivo; el pogo a lo ancho del auditorio fue tan intenso que ni siquiera hubo necesidad de un bis, porque en resumen, Massacre y Catupecu ofrecieron tres horas de música, suficientes para saciarse desde los oídos hasta los pies.

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