Disfrazarse, el condimento del goce

Veer Vesitini se adentra en las celebraciones europeas para descubrir a los únicos seres humanos que toman más que los cordobeses. El placer de usar máscaras en San Patricio, la Comic-con de londres y el Gran Carnaval de Colonia (Köln)

¿Alguien se imaginaría que en este viejo lado del charco interoceánico, se celebraría tan fervorosamente el Carnaval? Yo no, y creo que aquel que no lo presenció,tampoco.  Me costaba imaginar que en un país, que hablan como si cortaran el aire con las palabras a “Jotazos” (sí, con la letra ‘J’), se pudiera festejar con tanto entusiasmo un evento así. ¿Por qué? En mi imaginario, la fiesta de carnaval está directamente relacionada con grandes carrozas, música con curvas y curvas con plumas. Sin embargo, también se pueden encontrar plumas en el Gran Carnaval que se festeja en la ciudad de Colonia (Köln), Alemania. Tuve la suerte de poder unirme a estos fanáticos de la cerveza y la salchicha, durante el carnaval que en esta ciudad se celebra casi por una semana. Y es que aunque, según la historia, dícese que a partir del 11/11 a las 11:11 a.m. ya pueden empezar los festejos, el libre albedrío se organiza en toda la ciudad a fines de febrero.

Debo decir que fue una experiencia increíble haber visto desfilar a una multitud interminable de personas de todas las edades, disfrazadas de cualquier figura que en las películas, cuentos fantásticos y en la historia misma, puedan aparecer. Estos personajes reales o imaginarios junto a sus esmerados y desinhibidos trajes, bailaban, bebían (¡oh sí que bebían!) y se esparcían por todas las calles y rincones de los bares, cantando típicas canciones carnavalescas alemanas mechando al unísono: “¡Kölle Alaaf!” (“¡Colonia es de todos!”). Era innegable… el espíritu alemán estaba de fiesta.

Sin embargo, el goce de las almas no sólo se advierte en festejos de tradiciones locales, sino que también, puede verse reflejado en manifestaciones que reúnen a grupos de personas, muy diferentes entre sí, por un gusto muy personal en común: el mundo del cómic, por ejemplo.

Justamente gracias al gusto particular de mi hermano, tuve el agrado de aventurarme a una Convención de Cómics en Londres. Al menos 2 o 3 veces al año, inmensos salones alojan a todas estas criaturas fanáticas y apasionadas por el mundo de las historietas, el arte gráfico, los videos juegos, animes y la ciencia ficción.

Entre los stands de los dibujantes, las publicidades de los productores de películas, el merchandising de lo que se les ocurra, las charlas, los espacios de relax (donde se podían recibir mini sesiones de masajes relajantes a cambio de una retribución monetaria ‘a la gorra’), se hallaban deambulando por los pasillos, lo más excitante para todos los concurrentes: los personajes imaginados de este universo gráfico, en carne y disfraz.

Todos se convierten por unas horas en sus héroes  favoritos y todos se quieren sacar fotos con todos. La fama se vuelve realidad por unos instantes, para aquellos que se han esforzado arduamente en la creatividad de sus vestimentas y maquillajes. Podemos decir que el Comic, también es “cholulaje”.  Y como para sumarle una mancha más al tigre, si se celebra vestirse de alguno de los personajes de Dragon Ball Z, cómo no va a celebrarse vestirse de trébol para el festín de cerveza en St. Patrick’s Day (¡nuestro conocido y lejano Patricio Verde Irlandés!). Sí, sí, también me di una vueltita para ver qué pasaba en el evento organizado en uno de los puntos turístico de la ciudad de Londres, la plaza “Trafalgar”. Una plaza con un monolito/columna en el medio (tirando a obelisco porteño) y frente al cual se encuentra el famoso Museo de Arte “National Gallery”.

Éste espacio público fue punto de encuentro para todos aquellos aficionados a degustar sin parar la conocida cerveza irlandesa, y a moverse al compás de la música de bandas en vivo. Pero el show no terminaba ahí. No faltó quien, continuando con el hábito de disfrazarse (y no precisamente con las delicadas máscaras venecianas), se vistiera como el duende mitológico irlandés, u optara por adornarse de verdes colores, llamativos sombreros con banderitas y, de paso, saltar a lo ‘pogo’ cuando sonaba la gaita en un domingo de alcohol tempranero. Si te digo que esto es carnaval irlandés, vos ¡calzate la pollera!  Después de haber vivido en pequeñas dosis estos episodios culturales, llego a la conclusión de que el disfraz, al momento de expresar goces, se ha vuelto el medio más usado para camuflar nuestra cotidiana y (para muchos) aburrida realidad. Dejamos de lado la vergüenza por la mirada ajena, a cambio de unas horas de libre expresión de lo que cada cual quiere celebrar de sí mismo -irónicamente algo personal se vuelve general -, ya sea lo verde del elíxir dorado, lo colorido de la alegría en comunidad o la existencia de los súper poderes del niño que llevamos dentro. Por una carnaval toda la vida… ¡Cheers! ¡Prost! ¡Chín chín!

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