A la vera del para nada

Latinhistérico estuvo presente en el clásico rosarino del domingo 22 de octubre y, como no podía ser de otra manera, se extendió en contarles todo lo que se pudo ver desde un latinhistérico en Rosario. Va el relato de la pasión narrado en estado migrancia, por el colomboparaguayo Antonio.

Todo era tensión en el Paraná.

No había existido en Rosario tal tensión nunca que casi siempre.

Como siempre se trataba de todo. La ciudad había empecinádose en estar nublada, triste y fría. Pero tenía que llegar el domingo. Tenía que llegar porque siempre llegan los domingos así. Domingos auriazules. Domingos peronistas. Aunque cuando son rojinegros y despejados, también son peronistas. Aquestos días, son los días hermosos.

Se venía el Canaya de un año canalla: El mejor equipo que se vio en el fútbol argentino durante el 2015, el que empataba pero siempre iba adelante, el de Pinola, el de Ruben, el de Cervi, el pibe Lo Celso volando en alas de seda. El equipo de Coudet. Final adelantada de la Libertadores contra Atlético Nacional de Medellín y en el último minuto, en este maldito último minuto, apareció el gol de Berrío para sepultar otro sueño más. El mejor equipo en años que haya visto el Gigante. Y luego la final que Boca gana en Córdoba, en el Mario Alberto Kempes, con un penal que no fue y un gol en claro fuera de lugar. Era el mejor Central en lustros. Y sin embargo, la pena embarga: Ser el mejor y no ganar nada. La historia de un fracaso. Una historia más.

Mientras escribo, a la calle, siendo más de la media noche, siguen los hinchas de Ñuls dándole bocina al carro. Al auto dicen acá. Ahora entiendo lo que se siente no querer escuchar nada. Ganaron. En el último minuto y con gol de Maxi. Gol de Maxi.

El clásico de verdad. La ciudad del río marrón.

No fue cualquiera. En el Gigante. Al lado del río lo ganaron, en el estadio de Videla. El estadio donde el mejor Perú de la historia, para quedar eliminado, debía perder por cuatro goles, y la peor Argentina en dictadura ganó 6-1, para luego ganar el peor mundial de la historia argentina contra la mejor Holanda que ha visto el fútbol. Recordados goles del Matador en Núñez con el papel picado, picana que a 40 años del Golpe se resiste a ser olvidada.

Hermoso, grande se ve este Gigante. El Estadio Mundialista Gigante de Arroyito.

La experiencia de entrar este domingo a ver el clásico rosarino en cancha de Central era uno de mis deseos más deseados de mi deseosidad. Desde mucho antes de llegar a Rosario. Cuando chiquito, vi por allá un partido de la Copa Conmebol donde jugaba el Canaya, la que ganó, con Coudet jovencito. Me encantaron los colores y la forma de jugar. Son recuerdos difusos. Luego los mitos llegaron a tierras colombianas también y el Ché, Fito Páez y Fontanarrosa eran hinchas de Central. Más razones en el cálido adolecer de mi adolescencia. Amarillo y violeta a veces la casaca, eran colores que me llamaban a tierradentro del interior mío. Qué le va a hacer.

Así que la sensación comenzó al despertar. Mirar el cielo y verlo despejado y con ese sol de esta primavera que no llega. O que llega de a gotitas. O que llega y se va. Macri devolvé la primavera, dicen las paredes que no callan. Con esos árboles que florecen nubes. Los violetas jacarandás dejándose atisbar. Y apenas fuimos adentrándonos a Zona Norte, apenas empezamos como a descender al río, ya la cosa se puso de emociones fuertes en la panza mía y de declararme en estado de indefensión: dejarme arrebatar por todo lo que mis ojos iban a respirar. Iba a dejar de pensar.

Y así fue.

Bajamos, nos enfilamos al tumulto que festejaba previamente, como no podría ser de otra manera. La calle toda tapada con inacabables seres humanos con el azul y el oro del día. Sin camisa, con porrones, con otras yerbas, apoderados completamente de todo. Estábamos en cancha de Central, así el estadio aún no lo viéramos. Caminamos un par de pasos largos más hasta que vimos al Gigante, así, de repente, como encima mío. Fuimos entrando y todo ya terminándose de prender. Faltaba una hora para el inicio, un poco más. Los tambores enfilándose, las muchachas embanderando, los muchachos embanderando, todo tipo de gente por ahí en cualquier cantidad de actividades. Poniendo bueno todo. El pueblo es hincha de Central, leo en uno de los carteles.

De a poco se iba calentando la cosa. Yo expectante. Me había declarado neonato. Había decidido no recordar nada de lo anterior a empezar a entrar a ese estadio. Empezaba a temblar.

Pero ahora escribo. Y traigo a la memoria. No he entrado nunca a cancha de NOB, pero he vivido a unas quince cuadras y se escucha hasta acá todo el partido de aliento. Enclavada en el Parque Independencia, la cancha del Club Atlético Newell`s Old Boys de Rosario, el Coloso Loco Bielsa, es el fortín de la lepra, es el estandarte del Parque y con ello de una nación. Allí, al Parque Independencia se van a sentar los rosarinos a sentirse sus mates, a rodar la bocha, a caminar con los globos y los churros. Bocina inserena de las ciclas con churros te avisan que llegas a la esfera del Museo, Provincial antesala de alta cultura al estadio del más grande del interior, al estadio de NOB.

Andá, tomá esa foto viejo… esa la tenés que tomar, acá está lo más grande de la ciudad, me dijo un alicorado señor que salía de orinar detrás del Museo. Todo dentro del Parque: estadio, museos, canchas, lagos, juegos, verde, árboles, argentinidades y eventos especiales. Adentro, los domingos, va todo (o la mitad) del pueblo rosarino, cuyas clases sociales parecen falsamente diluirse en las tardes de sol familiares, con pieles morenas y oxigenados cabellos rubiosalasmalas. Se dejan sentir los aires italianos de los altos garbos de señores de ojos zarcos y verdosos, pelos rubios y morenos y señoras todas con su tinte a sol radiar, se dejan sentir las morochas sonrisas de los pibes chorros que caminan por ahí.

Afuera del Parque Independencia, desde el último campeonato logrado por Ñuls, en 2013, las calles de la ciudad se dejaban ver pintadas con la leyenda: 13 y VOS SINA al lado de un RC cambiado por un superpuesto BC, pues mientras el rojinegro festejaba su sexto campeonato local, el equipo de la estación de Rosario Central, deambulaba por la segunda división del fútbol argentino con la dignidad de su remera que sólo es sentida por quienes aman aún en la humillación, que son todos. Cómo hago para hablarte de amor mientras cuentas estrellas. Seis campeonatos para la Lepra, 4 para los Canayas. Varios postes en los barrios están marcados –casi tribalmente- con los colores rojo y negro algunos, y otros con el amarillo y azul. Igual con las veredas, ques como le llaman a los andenes por acá. Las señoras en los kioskos –ques como le llaman acá a las tiendas- y en la esquina, charlotean sobre el equipo, se defienden de acusaciones futboleras y sonríen algunas de las veces y, otras, el grito se deja embeber de iracunderías. Aquí no hay mitadmásuno: acá la mitad de la ciudad es de uno y la otra mitad es del otro.

Toda la ciudad en clásico es diferente cada año, aunque siempre sea lo mismo. Los niños más pequeños ya alebrestan la manito argentina cantando arengas para su Ñuls, cantiquiándose entre los colores de su club, antes que aprender a comer solos. Los perros, los amigos y las calles, se visten de azul y oro, de rojo y negro. Los viejos pibes del Doctor Newell, los del colegio con muros tan altos que más parecía un leprosario, contra los trabajadores del ferrocarril central de Rosario, los obreros, y trabajadores en general, los canayas, que son los que cuentan la historia así.

Y ahí empieza una de las mil disputas de cómo es la historia y de quién es el más grande y de quién es el equipo del pueblo. Los leprosos cuentan que se propuso hacer un partido de beneficencia para un leprosario en Rosario e invitaron a ambos clubes. Newells dijo que claro pero Central se negó a jugar. Viste lo que es? Unos hijos de puta! Cómo no van a ayudar a un leprosario? Unos canallas! Y así: Vos querés saber cuál es el equipo del pueblo? Bueno: fijate dónde hay más hinchas de Niuels. Sí, en Zona Sur. Y viste dónde queda la cancha de Central? En La Florida! Si eso no te da señas? Bueno, vos no conociste nunca la ciudad.

Los goles rosarinos empezaron a nacer desde Buenos Aires y la tierra de los ingleses, en delicioso mestizaje con la siempre querida Italia y las gentes morenas del norte. Y luego Fisherton y las villas, y el río y los raros barcos, y la política y los narcos y todo lo que se rumorea a cien voces entre la nueva Rosario, la más insegura de la Argentina. Sinaloa, Medellín, Rosario, el nuevo circuito del narcotráfico, cantorrotean en los medios las voces que todo lo adjudican al Paraná. Policía, barras, políticos, narcos, no se sabe ya quién mata a quién, quién vive con quién. 

Hay que volver al origen, para no perderse uno entre muchas ramas. A la ver del río pasaban los barcos, con ellos los marineros y con ellos el fútbol. Por tren y barco bajaban aquellos primeros, ahora todos muy bien peinaditos a lo rata popular, bajan los jugadores en avión, con su iphone bien encendido y sus audífonos más vistosos que auditivos. Se encierran en los silencios mientras bajan del bus, provenientes del avión. Por todas las vías posibles, aire, agua, tierra o río, el fútbol llegó a Rosario y obviamente no se va más nunca.

Y la historia se repite cada año. Central-Newells, Newells-Central. Se repite y a veces como tragedia para unos y como farsa para otros. El partido del pasado domingo pareció ser una rara copia del clásico ganado por Central en el Coloso el año pasado.

En ese 2015, mejor que Newells, Central jugaba y era un partido más difícil para la Lepra, pero era un clásico, la frase hecha: Es unpartidoaparte. Para terminar la agonía infernal que se teñíade rojo y sol de invierno, el goleador del torneo, Marcos Ruben, anotaba el único gol del partido para el Canaya y ahí la ciudad se volvió auriazul. Ni cuando la Selección Argentina gana se siente tanta algarabía que como cuando gana uno de los dos rivales rosarinos. Y ese día, ese 26 de julio, el turno fue para Central. Pitos, arengas y banderas, toma del Monumento a la Bandera, la noche si tinió más azul y la luna pintaba de color oro las incesantes olas del Paraná. Era música popular, era cántico celestial en tierra más propia que nunca. Somos la ciudad, dicen.

En este 2016, Newells peleaba por los puestos de arriba mientras Central veía en el clásico el partido del todo o nada para luchar por el campeonato. Para terminar la agonía del odioso empate 0-0, cuando en esa cancha de Arroyito el único que había atacado era auriazul, en el fatídico último minuto del partido el estadio se silenció. Maximiliano Rodríguez, ícono del club, cumplía el sueño de cuando era un pibito recorriendo la ciudad: anotar un gol a Central en el Gigante. Con eso ganaron. El silencio en la tribuna duró un suspiro. Los Guerreros, la barra canaya, empezaron a hacer temblar el río que los veía a sus espaldas. Pero el juez terminó el partido. Bienvenida la agonía.

Una hora y pensé que iba a parar. No. No para nunca hasta la madrugada siguiente: la bulla que da la alegría se consume en cánticos alicorados de fernet, cerveza y vino malo, de banderas y pólvora y de silencio infernal en las casas contrarias, desesperación de querer tapar con la almohada los gritos de la felicidad ajena. En casa de un hincha del equipo perdedor de turno, se sabe que al otro día será peor. Que tendrá que llevar facturas y medialunas para pagar la apuesta, que la burla iba de corrido para todo el día, y la semana. Para toda la vida. Como cuando ganamos nosotros, dice, la alegría nuestra es sempiterna y la desdicha contraria es del averno. Cuatro al hilo! Gritaban en la calle el año pasado los de Central: Era la cuarta victoria de Central en seguidilla. En tu casa, sinaliento, gritan aún los leprosos por la madrugada: después de varios años, volvían a ganar en Arroyito.

El clásico es para todo.

Pero vuelvo a mi entrada al Gigante. Se llenó, como siempre. Sol de primavera que se dejaba calentar por los 25 grados centígrados. Sentígrados. Debía haber algo para medir las sensaciones. Desde la mañana por las calles los gritos, aunque argentinos, tímidos. Banderas, cábalas y remeras andaban en la tensión que precede a la batalla. Intenso amarillo por el sol y por las casacas en el estadio. Entrada triunfal del equipo. Humo azul y amarillo invadía la vera desde dentro de la caldera. Un temblor que provenía de adentro de almas en miles, una sensación que se te sale el cuerpo, entras en comunión con quién sabe qué cosa, todo el mundo alienta, tiran papel picado repartidos media hora antes por dos muchachos colombianos con la gorra del Deportes Quindío y la remera de Central. sale primero Newells y Los Guerreros empiezan desde la popular a anunciar la batalla: uno, dos, cinco petardos quemaban la grama del arco. Bienvenidos a la pasión más grande de la Argentina dice otro cartel.

El partido enredado. Un Newells que salió a defenderse bien. Yo diría aún más: salió a no dejar jugar. El equipo de Osella con el empate estaba bien. Él, desde la línea, observaba tranquilo. Una sola oportunidad y ser contundentes. Esa era la estrategia. El ídolo canalla, el Chacho Coudet, gritaba a loco por la banda del DT. Ya no tenía su bufanda de cábala del año pasado. Ahora vestía un elegante traje ceñido al cuerpo con el escudo de Central. Sin corbata, claramente. Chacho, tu locura nos hace bien. Un año más viejo, contempla reflexivo el panorama de pasión.

Todos atentos, cada pelota a muerte, no se regala nada. Vamos a ganar con un gol en tiempo de adición y en offside, se reían los hinchas canayas. Pero no. el gol nunca llegó. Ni bien ni mal parido. Tres minutos de adición para un partido con seis cambios, muchas faltas.

Es el partido con más paras del fútbol argentino, comenta el narrador de radio que tengo al frente mío, en el cómodo palco de Prensa. Cuando llegué e iba a entrar al palco, me vieron la escarapela que decía Medio: Planeta Cabezón Web (sic), me dijo el chabón de la entrada: no disculpá, con esa escarapela no tenés acceso. Podés sentarte acá donde puedas, señalándome la gradería. Yo asentí y mi compañero de batallas perdidas, la Voz ardiente de las Américas, entró al palco con su escarapela: ahí me di cuenta que la de él era de color amarillo y que tenía a Ruben. La mía era azul y tenía a Montoya. Jerarquías.

Me quedé observando el panorama precioso. Los cánticos todo el partido. Óscar, ya adentro, me logró traer un sánduche y una sevenup de las que les dan a los periodistas. Yo me quedé afuera de Prensa, pero adentro de la pasión. Antes de empezar el partido, logramos mi acceso al negado palco y allí estaban los cubículos con sus sistemas. Y la pasión ya se veía desde más arriba, se veía más lejana, no se podía encuadrar del todo. Había que narrarla y comentarla, no tanto vivirla. O vivirla para contar.

Siempre que voy a la cancha, mis equipos no hacen gol. Porque, no sé –ni me importa ya- si se ha notado en estas notas que, tras casi dos años de estar acá, en Rosario, me volví completamente canaya. Es increíble cómo una pasión envuelve. Es el rito, es el rescoldismo del salvaje, terreno no nato de la razón y tampoco fértil para cordurar. Ojalá también fuera tan poco fértil para lucrar.

Pensé que esta vez también pasaría. Que me iría sin vivir un gol de mi equipo en la cancha. Pero un tiro de esquina de otro partido, un rebote que salió de la defensa y un zapatazo de Maxi que acabó con el partido. Me une un vínculo con la gracia y el fracaso.

Cuando fuimos saliendo súbitamente, se escuchaba a reporteros hablando por radioteléfonos y teléfonos alarmando: Atención sí, aquí a la salida de prensa, afuera del estadio la Policía está reprimiendo. Sí, está reprimiendo a los hinchas canayas. Apresuré el paso y me encontré con una reja que dejaba ver desde arriba toda la situación. Unos veinte muchachos y muchachas de negro en una esquina haciendo escudo protector a un hijo de puta que se escondía tras ellos para disparar balas de goma. Adentro y afuera las gentes auriazules les gritaban a los pobres seres serviles de quién sabe qué. Andá cobrar la coima hijo de puta, forro! Narcotraficante forro! Cuánto te pagan la concha de tu mare!

Se iba vaciando la gradería con los papeles de la derrota en las tribunas. Todo zona norte parecía con un silencio de ola. De ese que no para de sonar. Cuando fui entrando de vuelta al centro, ya pasaban autos con gente gritando y celebrando. La alegría de ganar en tu propia casa. Ahora, Rosario es de Niuels.

 

Texto y fotografía: Antonio Gómez Sanchez

 

 

 

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