Las cacerolas suenan porque las están vaciando

Editorial de Coyote al Sol del 19 de diciembre de 2017, frente al ataque al pueblo en forma de reformas y represión, a 16 años de la revuelta popular del 2001.

Una vez más es 19 de diciembre y suenan los cantos de la lucha popular en la madrugada rosarina. Suenan las campanas de la medianoche al unísono de las cacerolas del pueblo. La gente espontáneamente sale a la calle, y se encuentra con amigxs, hermanxs y compañerxs que no van a permitir que les arrebaten sus derechos.

Mientras tanto en las principales plazas y avenidas de Buenos Aires, las fuerzas de seguridad, envalentonadas por la victoria electoral de la derecha y las felicitaciones presidenciales, continúan con la cacería de manifestantes con la excusa de los piedrazos tempraneros.

Y si, la gente está re caliente. Más allá de que haya varios infiltrados generando caos, la gente está re caliente, y la entiendo.

Porque el precio de entregarse al FMI es de 100 mil millones, y lo tienen que pagar los que menos tienen y más necesitan: jubilados, pibes de la AUH, veteranos de Malvinas, discapacitados.

Había otras formas de conseguir esa guita, por ejemplo:
- No bajarles las retenciones a los grandes terratenientes. En estos dos años se hubiera recaudado un monto similar.
- No perdonarle la deuda a las empresas eléctricas bonaerenses.
- No perdonarle la deuda al padre de Macri con el Correo de 70 mil millones.

Pero no. Prefirieron sacarle la plata de los bolsillos a los jubilados, porque es así, el ajuste lo paga el pueblo trabajador, y no los empresarios y terratenientes.

Y a los jubilados se la vienen sacando hace rato, cuando eliminaron la cobertura de PAMI para muchisimos medicamentos, cuando Boca compró el pase de Espinoza con los millones que le transfirió PAMI.

Los números tienen que cerrar siempre con la gente adentro, y de eso se están olvidando.

La gente está re caliente, y está bien. Porque los muertos siempre los pone el pueblo, como hace 16 años cuando Pocho Lepratti se convertía en el ángel de la bicicleta.

Porque las fuerzas de seguridad están cagándose de risa mientras le pegan al pueblo. Se abusan de su poder y el presidente los felicita. Hay cientos de videos, de milicos tirándole gas pimienta a viejos que se manifestaban en paz. Riéndose mientras le apuntaban a jubilados. Y de tirarle un balazo de goma en la cara a un abuelo, no se vuelve.

La violencia institucional es bajada de línea del ejecutivo, que se encargó de reforzar a las fuerzas con armas antidisturbios y camiones hidrantes. Sin represión, no funciona el modelo.

La sonrisa de un gendarme al disparar sus municiones contra el pueblo, habla por sí sola. Les gusta su trabajo.

La gente está re caliente, y la entendemos. Porque están matando a la democracia, cuando le tiran gas pimienta en la cara a una diputada, y le pegan a varios más para que no puedan sesionar en contra del saqueo.

Marcos Peña sale a mandar un mensaje de paz y tranquilidad mientras hay gente que no volvió a su casa después de la cacería del jueves. Mientras una moto de la bonaerense atropella a un pibe.

Siguen comprando medios, y ya no queda ningún canal de televisión que informe para el pueblo. Todos hablaban de los violentos, mientras miles atrás se manifestaban en paz, mientras en el Congreso se debatía si se iban a quedar con los aportes y las oportunidades de la gente.

Esto es una revuelta popular damas y caballeros. Acá las cacerolas que suenan no son las Essen de los que no pueden comprar dólares. Son las cacerolas del pueblo, y suenan porque están vacías.

A partir de hoy, la brecha social es mas grande y los pobres son mas pobres. Todos sabemos que a más desigualdad, mas tensión social. El estallido no tarda en llegar.

Una vez más es 19 de diciembre y suenan los cantos de la lucha popular en la madrugada rosarina. Suenan las campanas de la medianoche al unísono de las cacerolas del pueblo.

Si las cacerolas no te dejan dormir, te recomendaría que salgas a la calle. Que salgamos todos y todas. Porque el próximo al que le saquen un derecho, sos vos.

 

Texto: Gonzalo Luján

Foto: Mariano Ferrari

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