De sueños y dientes

El Edipo se entremezcla con una revuelta de dientes en este post-sueño freudiano. Del Jardín de Epicuro a una gigante casa de mármol, nuestro inconsciente se adueña de nuestros miedos en este nuevo escrito cabezón.

Por Ciruela Mágica*

De repente me encuentro viviendo en una Casa gigante, de paredes de Mármol y columnas de piedra blanca, en un terreno que se eleva por sobre metros de altura repleto de vegetación y tierra. La única manera de acceder es un puente de sábanas endurecido por algunas sogas que alguien con la cara difusa encontró. Escalar, deslizarse, analogías bastante claras: siempre es más fácil bajar que subir, es decir, que elevarse. Una vez arriba sin embargo, llegada al palacio de mármol encuentro más sábanas por todas las habitaciones, alguno que otro impulso de ponerme una toga y la molestia continua de una ortodoncia que me aprieta los dientes. Mi cuerpo se para frente al espejo que emite ningún reflejo, y acciona la dolorosa tarea de extraerlo de mi boca. Para mi sorpresa (aunque en el fondo había otra consciencia que no solo carecía del elemento sorpresa sino que sabia a la perfección todo lo que sucedía, como si fuese algo meramente obvio) aquel aparato doloroso era el que sabía mantener todos los dientes en su lugar. Recuerdo, y diferencio de otros momentos en mi vida, que realmente me dolía físicamente esta caída repentina de los dientes, además de que esta vez eran todos juntos. Como podía, mi cuerpo atinaba a recogerlos del frio mármol y ponerlos en mi boca, cortando algunas partes sensibles, haciendo fuerza con la mandíbula para volverlos a su lugar. Era como tener muchas canicas pulidas horizontalmente en la boca, los cachetes inflados, la necesidad de mantenerla cerrada para que ninguna se vaya volando. Entre la desesperación veo que a lo lejos, bien abajo del terreno, caminaba mi madre buscando un acceso; por mi cuerpo el torrente sanguíneo que latía como si fuese él mismo el corazón que bombea, como si no lo necesitase, me hace rogarle ayuda en un grito frenético de: “¡Madreeeeeeeee!” En el cual, claro está, mis dientes son propulsados por el espacio exterior, y quedan allí mismo flotando, vagando entre constelaciones de estrellas; quizás queriendo ser una más. Hasta este punto el sueño ya perdió su veracidad; y mis manos intentan generar otro tipo de final. Lo cierto es que al gritarle a mi madre por ayuda los dientes salen propulsados, sí, pero caen como piedra al mármol. Yo me apresuro a juntarlos para volver a colocarlos en mi boca, con la misma mesura que un animalito enjaulado hace meses con nada más que agua y una cáscara de banana, apresuraría a ingerir kilos de comida enlatada. El horror. Para mi desgracia despierto antes de poder saber que hacer no sólo con mi boca desdentada, sino también con la presión de saber que hacer con los dientes caídos, como si fuesen entidades que ya eligieron separarse de mi cuerpo, o peor aún, no lo eligieron y yo los desterré. Me sentía culpable del destierro de mis dientes. ¿Y ahora qué hago? Los juegos de la mente. Los malditos juegos de la mente. Tan hermoso es el deleite estético de la teorización, el desmenuzar pensamientos entre emociones, diferenciar sus patrones, en fin, todos los juegos de abstracción que inducen a la mente a ser Reina de uno mismo; ¿o debería ser dictador? Apenas algunos pocos privilegios y ya abusa de su poder queriendo desterrar partes que me son indispensables. ¿Comunicar qué? Devenía aquel viejo refrán.  Lo cierto es que al despertar, me sentía bastante mal y quise poder re-escribir el final de mi sueño, o más bien, darle un final, ya que el timbre interrumpió el desenlace. Mejor así. Ahora puedo imaginar a mis dientes organizando la revuelta mientras dormía, diciéndose entre sí cosas como: “A veces come cosas extremadamente dulces y ni siquiera se toma la molestia de cepillarnos después” “A mi me golpeó con una tapita de coca cola y nunca se dignó a arreglarme” “¡Huele tan mal aquí adentro!”

Seguramente estuvieron así, quejándose durante años; y abriendo mi sonrisa bien grande al cielo estrellado pudieron apreciar una y otra vez el brillo de aquellos dientitos lejanos, el espacio gigante que habría entre si para poder girar como quisieran, desperezarse y estirarse a gusto, olieron el rocío fresco de la noche y quizás, quien dice, hasta adoraron a La Luna como si fuese La Campanita, hasta el momento, su único Dios. Así fue como una noche de ensueño, llevaron a cabo su metódico escape, configurando con precisión cada detalle de aquel sueño, cada sensación y sentimiento para que yo accionara como accioné; para que al despertar me sintiera culpable queriendo re-escribir la realidad de este acontecimiento. Que hiciera de sus cuerpos mas livianos de lo acostumbrado, que hiciese de mi grito de auxilio mas fuerte de lo acostumbrado y los ayudara con la energía de mis inseguridades a no caer desplomados al mármol; que los elevara en un grito de Madre hasta el cielo, hasta la galaxia misma, y los adentrara en la atmósfera de su Diosa La Luna, su nuevo hogar.  Así desprendida ya de toda esa energía negativa, utilizada toda para llevarlos a ellos lejos de esta Tirana; con la fuerza de la creación narrativa (¡viva!) podamos ahora vivir desprendidos, ellos por su lado cósmico, y yo con mi nueva alimentación a base de papilla. Así es como el sueño se va confundiendo con una realidad apenas loable, apenas siniestra; pero muy realizable dentro de este lenguaje, de este juego de palabras que crea y des-crea lo necesario para aprovechar cada oportunidad como crecimiento, como transformación de energías condensadas…

Me despido entonces desde este Palacio de Mármol, vestida con una toga de avioncitos y autitos; sin saber si estas palabras fueron escritas por mí o por mis dientes; me despido entonces con un fuerte abrazo, y una palmadita en la espalda como prueba misma de que sólo es necesario Crear para reconfigurar las emociones, los pensamientos; desenredar el nudo de lo llamado Real, y volverse a sentir a gusto. 

*Ciruela forma parte de "El jardín de Epicuro" (Domingos de 14 a 16 por www.planetacabezon.com)

 

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