La inagotable Juana Molina llegó a La Sala de las Artes para traer un poco de su último material Halo.

Una artista, bruja sin ninguna duda, que por algún singular motivo habita nuestro tiempo y moldea unas músicas altamente sugestivas. Este sábado se elevó dentro de la Sala de las artes e hizo flashear a más de une.

La ceremonia se inició a las 10 pm con “Cosoco”, una advertencia sobre el trance que estaban conspirando la compositora y sus compañeros de banda, Odin Schwartz en bajo y teclado y Pablo Gonzalez, en batería (ex Illya Kuryaki y Tórax, entre otros).

Arriba del escenario demuestra la actitud y la confianza de alguien que sabe que eligió el camino que tenía claro desde pequeña y con la justicia de haber roto un hechizo que en algún momento la tuvo amarrada a otro oficio.

Por momentos un show de Juana Molina es como estar en un ascensor donde saltó toda la botonera, las luces están desacatadas y los sonidos te invaden por varios frentes. Y de repente ¡¡paff!!, todo eso aquieta hasta lo más íntimo.. Luego se despliega nuevamente toda la resonancia y se ensambla de manera tan precisa que no hay forma de no irse en ese proceso escalonado y envolvente, sincronizado como un reloj.

Y cuando levantas la mirada la ves a ella sola arriba del escenario. Pero la escuchas por tres: su voz haciendo algún chasquido, cantando, y entrando a tiempo una tercera vez tarareando otra melodía. Muestra con ingenio toda la magia que puede extraerle a la loopera, a ese báculo que encontró para jugar hace un buen rato. Pablo Gonzalez, un batero de la yuta madre (que integra el proyecto musical de Gustavo Santaolalla) desarrolla una tarea esencial. En su trinchera tiene la batería electrónica y la batería más grande, la orgánica. Cuando el tema lo pide, le pega al pad emitiendo el clásico sonido sintético, pero en un instante puede desdoblarse hacia los platillos y los parches, profundizando el clímax que Juana conduce. Igual de importante es el rol de Odín Schwartz (bajo), a cargo de las vibraciones más graves que sonaron en La Sala de las Artes. Además de ejecutar en su teclado las texturas de cada tema, preparadas por la autora. Mención especial al iluminador, Patricio Tejedor, que estuvo muy a la altura de todo lo demás.

Abundaron los espacios triperos. La evolución en muchas canciones es bien progresiva. Va mutando y ascendiendo por el cuerpo desde los pies hasta la garganta y la nuca. Y ahí, con todos los elementos en el aire y una precisión arterial, la loopera puede mutear y dejarte suspendide en ese saltito o movimiento al que ya inevitablemente te entregaste.

Es muy difícil no moverse en un recital de Juana Molina. Siempre hay algún sonido marcando el pulso, un sinte o arreglo de guitarra. O hasta un sample del chirrido de una hamaca medio oxidada. Ella misma reconoció en alguna entrevista que no le gusta tocar en lugares con el público sentado.

Simultáneamente, el vivo le permite a los temas apoderarse de una impronta también algo rockera, con un formato muy particular y genuino, al estilo Juana Molina. No hay dudas de que su obra es marcadamente experimental y difícil de definir. Y también observar que la autora, bien puede ser considerada una referenta. Por su trayectoria, por su sonido y por la fuerza del mensaje general que ella transmite. Su séptimo disco, “Halo”, se encuentra girando por todo el mundo desde el 2017. Podes escucharlo en todas las plataformas digitales, como al resto de sus discos.

 

Texto: Juan Manavella

Fotos: Mariano Ferrari

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