Malabarmar: el circo que nos amontona.

El Parque de Santa Teresa, en Rocha, Uruguay, albergó la octava edición del Malabarmar, una convención de circo forjada a pura autogestión.

Parque Nacional de Santa Teresa, en el departamento Rocha, Uruguay. Un área protegida de los embates de la especulación inmobiliaria, de los incendios intencionales y no intencionados, de la mano del ser humano que se lleva puesto todo. Cinco playas bien vírgenes, animales sueltos y una vegetación de ensueño alberga este Parque, en un bosque vivo para todes aquelles que quieran conocer a este rincón de la República Oriental, con más de 2000 hectáreas para sentirse libre de recorrer y habitar. Ciervos silvestres que se acercan a saludar por la mañana, aves que se posan en las copas de los árboles a ver los movimientos del sol y una interesante cantidad de gente que va llegando de distintos puntos de Sudamérica por un motivo común. El bosque se mueve, y se siente que algo importante está por suceder.

¿Qué es lo que nos reúne en un espacio tan bello como este? El Malabarmar, una convención de circo, un encuentro de artes escénicas, una reunión única en su especie. Abierto, gratuito y humano por sobre todas las cosas, el Malabarmar enciende el fuego de su octava edición recibiendo a casi mil personas en Santa Teresa.

¿Cómo se monta una convención de circo que recibe gratuitamente a tanta gente? La respuesta es la autogestión, la organización colectiva en pos del bien multitudinario y la apertura completa. El trabajo arduo pero alegre es una fija. Tuvimos la oportunidad de acercarnos a las últimas reuniones previas y así entender el real funcionamiento de este círculo. El diálogo sano y respetuoso es una piedra fundacional de este encuentro. El concepto de líder se desdibuja para formar mejor el de responsable: si bien hay referentes que se ponen al hombro responsabilidades hace ya años para que todo suceda, no hay una voz de mando a la que acatar, aunque sí hay un buen reparto de tareas, y quien quiera puede acercarse y participar del área que le siente mejor. Repetimos: la organización es abierta y colectiva. En serio. Más allá de lo organizativo y logístico de los lazos que se van abriendo y tejiendo hay algo que hace que todo suceda y tenga sentido, y es la humanidad de estos lazos, la sensibilidad a la hora de plantear cuestiones, de resolver y de llegar a acuerdos. Lejos de caer en lo trillado de las palabras lindas, hay amor en cada vínculo que forma la red.

Que quede bien en claro. Para que las cosas sucedan, el cuerpo se pone colectivamente y las tareas a realizar se llevan a cabo, dividiendo organizadamente el trabajo, pero entre todes: el montaje de las carpas y de los espacios de taller y entrenamiento, la cocina para que cada asistente esté bien alimentado, la limpieza e higiene de cada rincón, la señalización necesaria, la organización de los espéctaculos y, por supuesto, la toma de decisiones.

¿Y qué es lo que sucede en el Malabarmar? Muchísimo sucede. Más de 30 talleres de diferentes disciplinas circenses y de otras ramas del arte escénico. Una varieté por noche, con más de 5 números cada una, con sus respectives presentadores, sumadas a una noche de fuego y otra varieté de niñes. Charlas y conversatorios en pos de la deconstrucción de los espacios que habitamos, centradas en cuestiones de género, en la problemática de la cultura y en el posicionamiento político del arte. Shows musicales en vivo, grandes comidas para que todes tengan la panza llena de energía, juego y entrenamiento en cada rincón del parque, en las playas y en los bosques. Dos carpas montadas para albergar lo que sucede. Un espacio inmenso para recorrer, y libertad de hacer lo que une quiera.

El martes previo al comienzo del fuego inicial de Malabarmar ya se fue llenando de carpas la zona de camping, y para el miércoles temprano, cuando la cosa ya había comenzado con los primeros talleres, ya todo estaba sucediendo: abrazos y reencuentros anhelados, juego por todos lados, la alegría única y propia del circo. Luego de los primeros talleres se dio por iniciada oficialmente la octava edición del encuentro, con el lanzamiento. Una cuenta regresiva ansiada sanamente que al llegar a cero hace volar cientos de juguetes por los aires. Un aplauso lleno de emoción, entre acrobacias y pases de clavas. Había comenzado. Tras la cena se dio la varieté de apertura, en la carpa de Proyecto Migra.

Con todo ya comenzado y cada vez más gente acercándose al Parque, el jueves fue un día mucho más cargado de información y circo. Dos jornadas de talleres por la mañana, almuerzo y círculos de charla y debate, para continuar con otra jornada de talleres. Quienes no están tomando talleres se juntan a jugar y entrenar, pasarse trucos, ensayar acrobacias, dobles alturas, triples alturas. También hay tiempo para jugar en la playa, nadar y hasta surfear, sobre todo en las playas de La Moza y Las Achiras, las más cercanas al centro del encuentro. Tras los shows musicales en vivo y la alimentación nocturna, llegó el turno de la Varieté Akelarre, en la inmensa carpa de Circo Latino, llevada a cabo por las mujeres organizadas del circo, con una bajada de línea clara y contundente. Manifestación política del arte, aplausos, risas y grito de revolución. La noche no terminaría con esto: desde el centro del encuentro, una cuerda de tambores fue reuniendo a los cuerpos que andaban por ahí y bajando, al ritmo del candombe y su pulso típico oriental, hacia la entrada de la playa Las Achiras, a la luz de la luna, donde se realizó la noche de fuego, con varios números captando la atención. Percusión y fuego desde tiempos milenarios vienen siendo motivo y motor de rituales en todo el globo, y en esta convención se invocaron aquellas energías ancestrales.

El viernes comenzó y ya se sentía una carga de energías fuerte en el aire. Las jornadas de talleres matutinas continuaron en el mismo nivel, y tras el almuerzo continuaron dándose otros círculos de charlas, para continuar con más talleres y seguir con el freestyle en la carpa de Migra, con 30 participantes dispuestes a mostrar sus cualidades y maniobras, desde la más chistosa e insignificante, hasta la más estruendosa y ensayada. Mucho juego, entrenamiento y playa, como siempre, pues el clima acompañó de forma ideal. Así llegó la hora, tras la cena, de la esperada varieté experimental, en la carpa Latino, con números interesantes por su investigación, unidos por hilaciones ensayadas, encontrando un concepto común que unió todo lo sucedido, con un aire de nuevos descubrimientos y sus respectivos aplausos y admiraciones. Finalizada la varieté la gente fue acercándose al centro del encuentro, pues la anhelada fiesta se llevó a cabo, con tres DJs que pusieron sus mezclas al servicio del baile y el goce compartido. Se danzó y se disfrutó concientemente hasta altas horas de la madrugada, y se buscó desde el colectivo lograr que sea una situación sana, y que podamos cuidarnos entre todes.

El sábado fue el día del cierre, con algunos cuerpos que ya habían abandonado el parque y otros que se quedaron a vivir el final. Se dieron temprano los últimos talleres, el último almuerzo al mediodía, y a la tarde hubo espacio para que se dé la hermosa varieté de niñes, el futuro del circo que tiene un lugar también en esta convención. Así fue llegando el cierre del Malabarmar, con su respectiva charla y reflexión, con un espacio para dejarnos mutar por el circo y a su vez intentar transformarlo, deconstruirlo, darle nuevas formas para que esta gran familia pueda albegar cada vez a más seres que quieran poner su cuerpo al servicio del arte y la militancia cultural.

Me parece importante destacar que este año hubo un espacio de mujeres, donde se planteó el intercambio de saberes y experiencias, la colectivización del diálogo y la problematización de cuestiones tendientes al género y la diversidad, pensado desde la inclusión y la disidencia, siempre desde el punto de vista vincular y humano que plantea el encuentro. Ahí fue donde se gestaron conversaciones necesarias, y donde se le dio forma a la intervención que llevaron a cabo las mujeres que así lo desearon en el Chuy, una de las principales ciudades del departamento Rocha y frontera con Brasil, hacía donde se movilizaron para manifestarse políticamente el 8 de marzo, dejando así una marca en un poblado en el que no son tan visibilizadas este tipo de cosas, pero que supo recibir e invitar la manifestación de las artistas de circo, y a su vez retroalimentarlas con el aprendizaje que deja el poder intervenir y manifestarse en una ciudad con las características de la frontera y el interior. El movimiento de mujeres y disidencias tuvo su lugar de transformación también en Malabarmar, espacio que se va generando tanto en el circo como en todos los movimientos culturales.

No faltó tampoco la oportunidad de manifestarse ante la realidad política que azota el Uruguay hoy por hoy con la asunción del gobierno de derecha de Luis Lacalle Pou. Tras reiteradas malas noticias de represión y persecución a artistas callejeres, el colectivo se manifestó en repudio al accionar de las fuerzas de (in)seguridad contra malabaristas en la ciudad de Montevideo y contra la defensa de las cúpulas policiales que respaldaron la violencia contra dichos artistas. El circo como toda manifestación artística tiene un posicionamiento político y no es sólo juego, trucos, risas y acrobacias. Es una forma de pararse ante la vida, ante las problemáticas que nos atañen como sociedad, ante los golpes de los malos gobiernos con sus brazos armados. Quedó claro que el movimiento del circo uruguayo y latinoamericano no piensa permitir que sucedan estos embates y va a dar pelea ante el terror impuesto por los mandatarios, sus intereses económicos influenciados por el norte y su forma gris y autoritaria de ver el mundo.

Así pasó el Malabarmar, un encuentro único en su especie, algo que a mi parecer es mucho más que una convención de circo, sino que es un encuentro cultural que reúne manifestaciones y personas por un bien común. En lo personal tuve la oportunidad de formarme un poco más en lo artístico con talleres y entrenamientos compartidos, así como también de poder ver presentaciones artísticas de altísimo nivel. Pero lo que más me queda de todo esto, es el aprendizaje humano, los abrazos que me pude dar con personas que me regaló la ruta y que hacía mucho no encontraba, así como la empatía total con personas que acababa de conocer. Me queda el entendimiento de que la construcción colectiva es el camino para lograr lo que buscamos, que al intencionar nuestros actos podemos lograr cosas inimagibales, y que es nuestra imaginación la que al compartirse puede pintar un futuro más esperanzador. Las juventudes artísticas y culturales de toda América Latina tienen claro sus objetivos y están transformando la sociedad con conceptos nuevos, con lazos sanos y sensibles que fortalecen la logística y la organización autogestiva en términos novedosos. Estos encuentros son reflejo de una generación cultural dispuesta a cambiar la realidad, así como de la galera del circo del Uruguay, y de su bellísima forma de relacionarse. La forma de organizar un encuentro de tal envergadura, de tener en cuenta todo lo que puede suceder, de cocinar una olla popular para que coman casi mil personas y pasar una gorra para que pueda suceder. Me voy con la certeza de que nuevos mundos son posibles, de que tenemos el poder de decidir cómo queremos llevar adelante nuestras vidas y nuestras relaciones. Queremos que sea sano, que sea hermoso, que sea transformador, y que sea mejor todavía para las generaciones venideras.

Cerrando estas palabras se me vienen muchísimos rostros, muchísimas personas a las que agradecerles por hacer que esto sea posible y no sea un simple sueño. Podría nombrar a muches, pero me parece que lo mejor es agradecerle al Colectivo Malabarmar en sí, porque me dejaron bien en claro que Malabarmar somos todes. Las puertas están abiertas, y de eso se trata.

Estas son las cosas que cambian el mundo. Eterna gratitud.

 

Texto: Gonzalo Luján

Foto: Sofía Coloccini

 

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