Una breve historia de nadie

La soledad dividida en tres partes de un mismo todo durante el escape de una fatídica madrugada. Por Analí* Arte: Jimena Gramajo

Son las 5:36 de la mañana. En menos de una hora el sol y sus rayos difumados atravesarán los pequeños espacios de la persiana, y el rosto de Juana se iluminará, encandilado, molesto, dormido. Pero no esta noche, no esta madrugada que sus ojos parpadean. No hoy, que sonríe sin sonreír.

Fauna se recuesta en su cama desprolija –las sábanas se caen a un lado de la cama y parte de su cuerpo desnudo descansa sobre el también desnudo colchón- y piensa sin poder conciliar el sueño. Imágenes, como un estallido de viejas cajas de memorias fotográficas, bombardean sus colgadas pupilas que miran el techo con manchas de humedad que hoy no molestan al cerrado paisaje de su mirada. Recuerda en secreto. Toda su carne revive aquellos roces a oscuras, escondidos, silenciosos. Se siente rara, diferente, visceral. Cierra los ojos y se muerde los labios, extasiada y asustada. Le gusta, le gusta mucho. Y sin darse cuenta, sus labios suspiran una palabra derretida que se esfuma al interior de su habitación: -Juana-.

Francis está corriendo.

Minutos atrás sacó sus viejas, rotas y olvidadas zapatillas deportivas que heredó de su hermano mayor y nunca usó. Se puso su remera negra de un antiguo recital de rock en un pequeño pueblo del norte. Su habitación lo atormentaba. Tan grande, tan chica, tan aplastante. Sofocaba. Se miró al espejo, gritó a su cabeza, a sus recuerdos, a sus pensamientos. Dio vuelta dos veces la llave y salió corriendo con sus auriculares color naranja flúor colgados de su cuello. A las tres cuadras se los acomodó a cada uno de los lados bajo su sien y dio play.

Sus oídos se masturban con frenéticas y martíricas bases de un sueño viejo del rock setentoso. El oscuro y arenoso bajo araña las guitarras distorsionadas como cuchillas de tímpanos sangrantes. Corre. Quiere olvidar. Se aturde, grita y sigue corriendo, con sed de elección.

El escape de la madrugada no ayuda, ni a ella, ni a ella, ni a él. Si tan sólo supieran mirar más. Más adentro, más cerca. Más acá. Si tan sólo supieran que ellos tres son, al fin y al cabo, una misma persona.

. . .

Y te escupo, porque me cansé de hablarte en silencio. La pared blanca llora, presente. ¿Dónde corres? Temes, siempre cobarde. Siempre en las sombras, atrás de algo, alguien, o nada. Espías, quieres saber. Pero no te animas. Reptas y huyes. Por eso nunca amas. Por eso solo, y sola, y nada.

 *Analí forma parte de "Las voces del telón", jueves a las 16 por www.planetacabezon.com 

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