La serpiente del litoral

Quien piensa que un par de botones no pueden cambiar el mundo, nunca escuchó suspirar el vientre plegado de un acordeón movido por Raúl Barboza. Aquí, algunos recortes de momentos y recuerdos generados por un monstruo de la región que tocó en Rosario el sábado 14 de marzo.

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El teatro está a media claridad. Tres luces cenitales permiten reconocer en el escenario, a la derecha, un contrabajo apoyado en el suelo; a la izquierda, una guitarra criolla descansando vertical en su caballete; al centro, una silla vacía, tres micrófonos y un acordeón que se insinúa bajo un manto púrpura. Las butacas fueron colmadas y, al fondo y en los balcones del primer y segundo piso, un centenar de sillas de plástico completaron los asientos para las más de 400 personas que llenaron la sala Lavarden, en el centro rosarino, el pasado sábado 14 de marzo, desde las 21.30.

A mi abuelo, viejo chamamecero, no le gusta Raúl Barboza: le parece un despropósito que suene un acordeón con guitarras y no sea para bailar. En algún momento de la presentación, el músico reconocerá que su estilo fue resistido desde temprano; cuando empezó a componer a mediados del siglo pasado, “hacer esta música era un pecado mortal”. Entre canciones propias y universales, anécdotas y reflexiones promovieron la empatía de su audiencia.

Para empezar, todo se pone a oscuras. Desde el techo, Palas Atenea mira con atención. Se aprecia con más claridad el escenario del Auditorio Eva Perón, las cuerdas descansando y el plisado del pulmón. Entran a la par Nardo González y Roy Valenzuela y se ubican en la guitarra el primero, en el contrabajo Roy. Ponen a vibrar los puentes e invitan a entrar al litoral. Arpegios con sonidos de amanecer convocan al maestro: entra en escena Barboza, su público aplaude al verlo llegar. Camina despacio y trae encima escenarios, reconocimientos y premios cercanos y lejanos; se ubica al centro, junta las manos como preparando una oración y con una reverencia agradece el afectuoso saludo.

Barboza desata al tocar un caudaloso río de viento; profundo, intenso, como el Paraná, como el Uruguay. Humecta la memoria con imágenes de montes, de vida, de sufrimientos y alegrías. Su arma letal es un acordeón doble hilera que primero descansa sobre un terciopelo rojo que dobla sobre el muslo izquierdo y que luego, tras la señal, se desliza vertiginoso en el aire como una serpiente de plata, rojo su vientre, ponzoñosa su voz, de un veneno que paraliza los músculos y activa la percepción, incrementa el alerta, sensibiliza el corazón. Los reflectores rebotan en el lomo del instrumento y los movimientos disparan destellos contra el oscuro telón de fondo. Una veintena de canciones llenaron hora y media de una noche que continuará sonando hasta su próxima visita.

Raúl dilata los pliegues y juega, como un niño, con los micrófonos que están a sus lados: acerca los graves a la izquierda, los agudos a la derecha. En casi setenta años de acordeón, encontró cómo usar silencios y tonos mayores y menores para proponer a su audiencia un recorrido intenso por chamamés de culto y por composiciones disruptivas de reminiscencia litoraleña. Y advierte: “No hay diferencia entre nacer en algún pueblito de Corrientes o de Alemania para conmover profundamente con una melodía”.

Mi abuelo tiene razón, los chamamés son para bailar, para transpirar, para gritar un sapucay. Pero también Barboza la tiene: la música sirve para soñar; por eso, cuenta, cuando viaja y ejecuta su instrumento, no tiene límites: “Llevo un árbol conmigo, llevo la sombra del árbol, los nidos de los pájaros.” Entre sus manos se encierran melodías de todos los colores, de incontables rincones, de barrancos de tierra roja y riberas de arena. “Mi acordeón es una prolongación de mí mismo y traduce mis emociones”, comenta y añade: “Mi acordeón no dice una palabra, pero habla mejor que yo”. Escucharlo hablar, pausado, permite completar las imágenes de su treintena de discos. Para eso sirven los recitales: para ponerle cuerpo a la música. Salgo del teatro mordido por la serpiente, silbando un chamamé.

 

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Texto y fotos: Diego Bogarin, especial para PlanetaCabezón.

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