Voces. Incansables

Un apagón que estremece la ciudad da un toque mágico a la La Mal Ejemplo en la Facultad de Humanidades y Artes. Las voces se unen musicalmente para cantar a coro que la "normalidad" es aquello que quieren imponer. Se le canta para hacerse oír y que resuene que NO es posible quedarse en silencio.

 “El agotado es mucho más que el cansado. «No es sólo cansancio, no sólo estoy cansado, a pesar de la ascensión». El cansado ya no dispone de ninguna posibilidad (subjetiva), esto es, no puede realizar la más mínima posibilidad (objetiva). Pero esta última permanece, porque nunca se realiza todo lo posible, e incluso éste es engendrado a medida que es realizado. El cansado tan sólo ha agotado la realización, mientras que el agotado agota todo lo posible. El cansado ya no puede realizar, pero el agotado ya no puede posibilitar. «Que me pidan lo imposible, no tengo inconveniente, ¿qué otra cosa podrían pedirme?». Ya no hay posible: un spinozismo encarnizado. ¿Agota lo posible porque está a su vez agotado, o está agotado porque ha agotado lo posible? Se agota agotando lo posible, y viceversa. Agota aquello que no se realiza en lo posible. Acaba con lo posible, más allá de todo cansancio, «para acabar de nuevo».”

 

Gilles Deleuze

 

 

Hoy me levanté así, agotada, a las 5hs de la mañana mis gatos produjeron un estruendo en la cocina y me asusté. Dije, ya está, me llegó la hora. Al ver que eran mis gatas y se peleaban entre ellas, me relajé, aunque me invadió una sensación extraña. Recordaba que hubo un festival artístico en la Facultad de Humanidades y que, entre otras cosas, vino Pablo y con su extrema humildad se sentó en el mástil del patio, al lado de sus alumnxs.

Estamos en medio de una lucha -aclaro-, por eso el festival, un festival que mezclaba por un lado la alegría y por otro, la bronca, mal canalizada por algunxs, que en vez de comunicarse y apoyar la causa, decidieron retarnos como si fuéramos niñxs. Me quedé pensando en todo ese día. No importa tanto que los profesores que no están en sintonía con su estudiantado se quejen de las cosas que hacemos, es decir, que reivindiquemos nuestros derechos, que es casi lo mínimo que podemos hacer. En pocas palabras, por defender los últimos resabios de la educación pública. Lo cierto es que está pasando algo, y digo cierto porque estoy convencida de que está pasando algo, puede que algunxs no quieran verlo, puede que a otrxs no les interese, pero lxs que se quedaron hasta el final, se dieron cuenta de que ahí, en ese patio, oscuro durante un apagón que dejó sin luz a la ciudad, no había oscuridad.

 

En el patio no solamente alumbraba la luna sino que, por primera vez en mucho tiempo, titilaban unas pequeñas lucecitas verdes, sutiles luciérnagas que caían como gotas de lluvia. Sin embargo, no era eso lo más importante, no. Lo maravilloso sucedió cuando, pasados unos minutos del apagón, en el fondo se empezaron a escuchar voces varias, mezcladas en tiernas melodías: La Murga. El desconcierto reinaba y la música, una vez más, se manifestaba con fuerza. La presencia de las voces generaban una confusión que poco a poco empezó a molestar a las autoridades, quienes, sinceramente, no sabían qué hacer (algunxs músicxs reían con la idea de imaginar lo peligroso del vuelo de un redoblante -ni hablar de que no se contaba con las luces de emergencia correspondientes para dicha ocasión de evacuación-). Las canciones se desarrollaban con alegría, con sorna, carnavalescamente, hasta que un chillido disonante interrumpió la algarabía, un par de seres -inclasificables dentro del género humano- nos pedían que nos vayamos, siempre de mala manera y con violencia. Cómo responder ante eso, cómo interpretar el hecho de que en medio de toda esta lucha, casi ningún profesor de nuestra carrera de Letras se haya acercado, al menos a contemplar cuál es la situación de sus estudiantes, ante lxs que prefieren ser indiferentes y estigmatizar. Cuando reclamamos somos niñxs, cuando hay que hacerse responsables (por ejemplo de de garantizar el cursado y cuestiones que competen a las autoridades) somos adultxs, es una manera cruel y vil de desampararnos, desamparar en vez de cuidar, poner en riesgo en vez de garantizar, para decirlo llanamente, comerse el abuso.

 

Desamparadxs. Lxs estudiantes queremos cursar en condiciones dignas.

 

No somos violentos, somos personas solidarias que agotan las posibilidades de lo posible, porque sabemos que es casi imposible lo que deseamos, pero lo seguimos deseando, a la manera de Beckett, infatigables ante la adversidad, puesto que es la adversidad la que nos hace fuertes. Porque no descansamos aunque hayan vuelto las clases a ese edificio del terror, que tembló, sí, tembló. Y mientras el decano se pasea ‘riéndose’ no se sabe bien de qué, nosotrxs seguimos enojadxs y por qué no, alegres. Porque a pesar de las circunstancias, el menosprecio, el ninguneo de las autoridades, la murga nos acompaña, nos acompañan los festivales populares, nos acompaña el guiño de una luciérnaga y las voces, de quienes sonríen y apoyan con su canto a erradicar el silencio. Un silencio como el que quiere imponer el gobierno de la facultad desde no se sabe qué lugar, para volver a la “normalidad” y seguir como si nada hubiera pasado, violentando a lxs estudiantes a cursar en un edificio que se cae a pedazos, para que seamos nosotrxs lxs que paguemos, como siempre, la comodidad de los de arriba.

 

Porque como dijo La Mal Ejemplo: “está el silencio respetuoso de los que callan ante un espectáculo y está el silencio cómplice que avala las más grandes atrocidades”.

 

*Texto: Victoria Lucero.

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