Súper 8

Octafonic presenta su segundo material, "Mini Buda", en Pugliese

A penas las 22:13 y en la prueba de sonido se escucha “Sativa”.

-Otra vez, hasta que salga bien- pide Nicolás Sorín, cantante de la banda.

 

Luces y sonido parecen del espacio, y sólo estamos en la “prueba”. Mientras, entre bambalinas se siente como se va calentando el ambiente, preparándose para la larga cola que afuera espera. Desde la puerta hasta la esquina y doblando la gente espera con impaciencia para tener su entrada, y lo más importante: ver a los Octafonic. “Mini Buda” está ahí no más, del otro lado de la puerta de Pugliese, esperando.

Afuera el frío pega en la cara y las manos sin guantes, adentro en 3, 2, 1, al instante de empezar el sonido, el cuerpo experimenta un incendio desconocido, sin palabras pero fónico, en ocho tipos que están prendidos fuego y contagian a todos los tocados por el sonido. La música es un trance especial, a veces tan individual y por suerte compartida.

 

-Ahí se empezó a armar, ¿no?- pregunta Nico. Otra vuelta y va siendo hora de arrancar. De a poco todo va enfilando para una noche única. La impaciencia es palpable, los pies, las manos y la cabeza ya no aguantan sin seguir el ritmo. Es hora de empezar.

 

Al bajar la escalera el escenario te golpea de lleno. Algunas mesas y sillas rodean el gran rectángulo que es el lugar. Dos candelabros a medio prender iluminan el fondo opuesto al escenario, a mitad de camino, entre ambos extremos, se siente el contraste con el azul que aguarda el inicio de la noche. Todo va tomando forma entre luces, música y los cuerpos que van bajando suavemente, esperando, ansiando.

-Es re loco el lugar, me gusta- dice una chica antes de arremeter contra un vaso de cerveza.

 

Como anuncia el nombre son ocho en el escenario (aunque a veces sean nueve), no es necesario nombrarlos, hay veces que la intriga hace magia. Empieza a sonar “Plastic” del disco Monster (2014) y se suman las voces del público para corearla. Sonrisa de por medio, se guiñan un ojo Cirilo (bajo) y el Tano (percusión y coros). La ola se agita, suave, hasta llegar a la cresta.

-¡¡TV!! ¡¡TV!!- pide a gritos un chico de la segunda fila. A veces uno cree que no lo escuchan hasta que…, la sonrisa de costado es un regalo de la banda y el cuerpo no se queda quieto, se saca las ganas.

El cuadro estilo Warhol que anima la pared izquierda parece saltar de al ritmo de la bata (Chino), demoledora, hasta que la viola de Hernán lo destruye todo. Sin embargo, entre tanto electro-power los saxos (son dos de los tres) le dan ese no se sabe qué tan especial, inexplicables entre tanta furia y justamente necesarios. ¿Sonido de otra era o marca del siglo XXI hecha carne en ocho tipos?

 

El tiempo vuela. De repente escuchás que dicen “es la última”. A no preocuparse faltan tres temas más y entre ellos suena “Slow down”. –Para que bajen un poco chicos- dice Nico. –Noooooo, más arriba- grita alguien del público. Un chistecito y todo vuelve a explotar, por poco esta vez. Es hora del saludo final, abrazo de grupo y adiós al público.

 

Texto: Diana Guerscovich

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